Lo que no es negociable
Hay días en los que no apetece seguir. Pero sigues caminando.
No porque tengas una fuerza especial. No porque todo esté claro. No porque la vida te haya dado una señal luminosa con música de película.
Sigues porque hay cosas que, si las abandonas, también empiezan a abandonarte a ti.
La disciplina. La palabra dada. La gente que depende de ti.
La idea que tienes de quién eres.
Desde fuera todo parece más sencillo: levantarse, trabajar, entrenar, cumplir, avanzar.
Como si bastara con poner buena cara y hacer lo correcto.
Pero no.
Hay días en los que el cuerpo pesa, la cabeza no ayuda y el ánimo viene con la batería en rojo.
Y aun así hay que hacer lo que toca.
Sin drama. Sin pedir una medalla. Sin convertir el cansancio en bandera.
Porque cada día que no entregas las armas, aunque nadie lo vea, sigues siendo dueño de algo.
Yo no siempre puedo con todo. No siempre tengo ganas.
No siempre estoy en mi mejor versión.
Pero hay una cosa que intento no negociar: seguir estando donde tengo que estar.
Como padre. Como hombre. Como amigo.
Como alguien que todavía se debe respeto a sí mismo.
Me esfuerzo por ser mejor. Me esfuerzo por no endurecerme donde la vida me golpeó. Me esfuerzo por no usar mis heridas como coartada. Me esfuerzo por seguir de pie sin hacer teatro con la sangre.
Y quizá nadie lo aplauda. Tampoco hace falta.
Hay victorias que la gente no ve porque vive mirando demasiado bajo. Sus limitados cerebros de mono solo miden lo que tienen delante, lo inmediato, lo fácil, lo que cabe en el escaparate.
Pero hay alturas que no se entienden desde el suelo.
Un avión, cuanto más alto vuela, más pequeño parece para quien lo mira desde abajo.
Pero sigue volando.
Y eso es lo que importa.
Al día siguiente, sigues en pie.
Y mientras siga en pie, todavía no he perdido.